Peter Pan ilustrado por J. D. Bedford

Por Ana López.

La experiencia de leer como adulto uno de los libros favoritos de la infancia siempre tiene algo de salto al vacío. Nada nos prepara para lo que vamos a encontrar. En el peor de los casos, la decepción. En el mejor, un nuevo asombro distinto del que sentimos en aquella lejana primera vez.

Existe una variante: leer acompañando a nuevos lectores. De alguna manera, eso nos obliga a leer con otra atención, a adoptar conscientemente una nueva posición de lector-guía. Claro, que también puede provocar algunos síntomas de doble personalidad lectora.

Desde hace dos meses releo Peter Pan con ojos de adulta, intentando volver a creer en las hadas, con más o menos fortuna. Lo hago acompañando a siete chicas y chicos en un club de lectura escolar. Mi yo lectora niña pelea por salir a la superficie y leer con ojos nuevos. Pelea con la lectora adulta que soy, y con su terrible decisión de haber elegido el Peter Pan anotado de Maria Tatar ‘para preparar el club de lectura’ (excusa mentirosa donde las haya, ya le tenía echado el ojo al ejemplar desde hacía tiempo). Pelea con el recién adquirido conocimiento de que la isla de Nunca Jamás es el inframundo, y con la incertidumbre de no saber (o más bien no saber si quiere saber) qué hace Peter con los niños perdidos cuando estos crecen de más. La lectora adulta, por su parte, está disfrutando como una enana con el descubrimiento de numerosas referencias y la iluminación que se produce cada vez que lee un pasaje que conservaba escondido en la memoria.

Peter Pan en los jardínes de Kensington ilustrado por Arthur Rackham (1906)

Pero, en realidad, ambas se enfrentan con la duda de qué pasará cuando otros lectores, niños, ellos sí, lean el libro por primera vez. Y lo que pasa es que respiran. Respiran aliviadas porque uno de los chicos leyó el libro en dos tardes y les contó que el libro habla de cosas que les pasan a las personas de verdad, aunque sucedan en un país de fantasía. Respiran porque otra de las lectoras no ha terminado de leer después de seis semanas, pero todavía ‘no puede devolverlo’ porque quiere saber cómo acaba, y porque una tercera ha odiado a Peter Pan al descubrir los nudillos desollados de los niños perdidos. Respiran, en fin, porque su máximo temor, que Peter Pan fuera un libro muerto para estos nuevos lectores, no se ha cumplido.

Por lo que a mi se refiere, salgo de esta primera prueba del club de lectura con una renovada fe en los clásicos y en los chavales de quinto y sexto de primaria. ¿Y después? Directos a las noches de verano. Del inframundo, señores, nos vamos a los bosques de Atenas con toda nuestra ilusión a cuestas. Próxima parada, Shakespeare.