Por Mario Agiriano

 

Y de nuevo se equivocaba Orwell. Si entre Assange y Snowden nos mostraron que su profecía de vigilancia masiva era yanqui, ahora descubrimos que sus ejecutores, la temible Policía del Pensamiento –Thinkpol-, no está compuesta por siniestros burócratas del Partido, sino por rosados progenitores de intención bondadosa y verbo almibarado. Hablo, ya saben, de gente dispuesta a referirse a uno como “corazón” o “tesoro”.

Estos seres de aspecto anodino -puede haber varios en su vecindario, tal vez comiencen a adueñarse del patio del colegio de sus hijos- conjugan un carácter voluntarioso con la creencia insensata de que el mundo sería un lugar mejor para los niños y niñas si se tratase de una enorme sala cubierta de peluches y cojines, un rosado salón de estética disneychannel.

Marie Rothstein-Williams tiene nombre de personaje de Agatha Christie y una adorable mentalidad censora que le llevó a protestar contra la inclusión de Matar a un ruiseñor en los programas escolares de algunos colegios estadounidenses, alegando que el lenguaje, plagado de insultos raciales, había “perturbado a su hijo adolescente”. Evitando valorar si la perturbación no es el estado congénito de todo adolescente, surge la pregunta: ¿y qué? La palabra nigger -negrata-, que causa reacciones semejantes a la de Jehová en La Vida de Brian entre ciertos americanos, es ciertamente un término cargado de oscuras derivaciones, que nos retrotraen a los tiempos del apartheid  yanqui (siempre me sorprende que esta expresión no se use más a menudo). Pero, querido y perturbado adolescente,  Rothstein-Williams, la segregación racial existió. Como también existieron el esclavismo, el Holocausto, el colonialismo de Leopoldo de Bélgica en el Congo y el uso del napalm en Vietnam. La Historia no es ni ha sido jamás un plácido balneario, ni ese espacio sin aristas ni sombras que tu bienintencionada madre anhela. Se parece más bien a un túnel ensangrentado o un camino de servidumbre. Y si ese oscuro tránsito tiene cosas que merecen ser rescatadas es gracias a la tenacidad de hombres como Atticus Finch, que es, como usted sabe, querida Mrs. Rothstein-Williams -o tal vez no-, el protagonista de Matar a un ruiseñor.