En el primer artículo del año publicado en la revista XL Semanal, Arturo Pérez Reverte refiere como muchas personas se acercan a él y le preguntan por la fórmula mágica para hacer que sus hijos se conviertan en grandes lectores. Él les contesta que tal fórmula no existe y que solo puede remitirse a su propia experiencia, a lo que su mujer y él hicieron con su hija. En el artículo cuenta cómo desde que era pequeña su habitación estuvo llena de libros y como, aún seleccionando ellos esos primeros títulos, cuando ya tuvo capacidad de leer sola, siempre le dejaron que eligiera sin imposiciones. Así “Las aventuras de Guillermo”, que tanto habían entusiasmado al Arturo niño, fueron absolutamente defenestradas, mientras que Sherlock Holmes, Tintín y Asterix, entre otros, fueron leídos con entusiasmo. Tras explicar de qué manera fue evolucionando ese amor por la lectura según ella crecía, concluye:

Un detalle importante es que el libro se le planteó siempre como natural. No como objeto singular que se regalara en ocasiones especiales, sino como algo que se compraba con idéntica naturalidad que la comida o el periódico. La llevábamos a las ferias o a libreros de viejo para que con una pequeña cantidad, eligiendo ella misma, comprase ediciones baratas. Cada vez que salíamos de viaje, varios libros formaban parte de nuestro equipaje básico con tanta normalidad como el pasaporte, el billete de tren o un bocadillo. Y lo que era más decisivo: leía porque veía a sus padres hacerlo (…)

Sobre todo, nunca intentamos aislarla del mundo de su tiempo, de las costumbres de los demás niños. Jamás pretendimos convertir a nuestra hija en una extraterrestre sabihonda y erudita. Los libros fueron para ella un complemento feliz, no una forzada alternativa; y siempre se le permitió combinar sin problemas a Mario Bros o Gytbrush Threepwood con Rudolf Rasendyll, el pequeño Nicolás o capitán Achab.