Una de las razones principales que me llevaron al mundo editorial es mi enorme admiración por los artistas que se dedican a ilustrar cuentos infantiles. Puedo pasarme horas abriendo y cerrando libros contemplando las imágenes. Disfrutando hasta del detalle superficial. Rebuscando esos significados que en una primera ojeada no resultan tan evidentes.

Durante muchos años, la ilustración fue considerada un arte menor por comercial. Era  una opción que, incluso, en las escuelas de arte se veía como salida solo para aquellos peor dotados, a los que les tocaría acarrear con un oficio insulso y poco sofisticado. Todo comenzó a cambiar cuando, en 1964, apareció el libro infantil La cocina de la noche de Maurice Sendak (publicado en España por Kalandraka). ¡Sorpresa! Sendak se atrevía a considerar la mente del niño no como un contenedor limitado, sino como un ente rico y complejo. Se podía, pues, ampliar el repertorio de temas hasta el infinito. Y técnicas y estilos que antes ningún ilustrador en sus cabales no se hubiera atrevido a emplear fueron apareciendo, uno tras otro, en los libros.

 

¿Cuándo una ilustración triunfa y cuándo fracasa? ¿Triunfa cuándo consigue “traducir” las palabras en imágenes? Pero, ¿sería traducir el verbo correcto para explicar el trabajo que todo buen ilustrador logra? Son tantas las preguntas que se plantean en torno a una buena o una mala ilustración, que una de las decisiones más complicadas que debe tomar un editor de libros para niños es la elección de quién va a crear las imágenes. Y me gusta decir que en el caso de Aventuras y desventuras de los alimentos que cambiaron el mundo fue una decisión de la que sigo plenamente satisfecha. Imaginar ahora mis textos desnudos sin las ilustraciones de Flavia Zorrilla es como imaginar un país sin sol. Sus dibujos dan a cada página color, alegría y movimiento. Y eso que la diseñadora, Paula Mastrangelo,  se lo puso difícil. Hay una regla tácita según la cual el pliegue de las dobles páginas debe evitarse para las ilustraciones Pero Flavia tuvo que colocar precisamente en ese lugar la mayoría de sus dibujos. Las ilustraciones crecen a lo largo, a lo ancho, en diagonal, se desparraman por ese punto de conexión de las dobles páginas. Y desde ahí, triunfan.