Jacobo Muñiz cuenta sus impresiones al terminar de ilustrar Cuéntame, sésamo.

En realidad, un libro para un ilustrador nunca se cierra. Aun, tras ser impreso, sigue flotando en su cabeza, donde continua mejorando algún detalle, variando algún color, corrigiendo una mirada que todavía entonces, semanas, meses y hasta años después, no acaba de satisfacerle.

Pero a efectos prácticos, las ilustraciones sí tienen un final. Y hoy es ese día. Ese día en que nuestro nuevo libro, Cuéntame, sésamo, está preparado para entrar en la «sala de diseño», desde donde irá a imprenta (y después a la distribuidora, y después a las librerías y después a las manos de algunas de las personas que estáis leyendo estas líneas).  Hoy es ese día, en que Jacobo Muñiz, ilustrador del libro, ha terminado su (¡magnífico!) trabajo. Después de meses de relación apasionada con las imágenes que ha ido dibujando con minuciosidad de orfebre, les dice adiós para que inicien su nueva vida independiente.

«Ahora mismo -nos dice Jacobo- me siento extrañamente desorientado, padeciendo algún tipo de síndrome del nido vacío. Tras cinco meses de intenso trabajo terminamos por fin de ilustrar Cuéntame, Sésamo. Y hablo en plural porque las imágenes del libro no se pueden entender sin la aportación de las otras dos personas implicadas en el proyecto: Aina y Teresa. De no contar con sus intervenciones el resultado habría sido bien distinto: más simple, más pobre, más individual.

Y es que fueron muchas las semanas de inmersión en nuestra relación con el mundo vegetal, contagiado por Aina de su pasión y fascinación hacia esos vecinos que arropan nuestra existencia y que con frecuencia pisamos sin reparar ni tan siquiera en su forma. Semanas intensas de aprendizaje que me descubrieron aspectos que desconocía del mundo, de las personas y de mí mismo. Semanas difíciles también por la lucha titánica contra el calendario, contra mis límites y por tener que prescindir en ocasiones de mi criterio, descubriendo con ello que para llegar a paisajes diferentes a veces es necesario transitar nuevos caminos en compañía.

Como resultado me voy agotado, pero también abonado, florecido y agradecido, soñando con volver a experimentar lo que viví y que echo ya de menos.»