Por Mario Agiriano.

En la literatura, el humor es a menudo mucho más que un desahogo puntual que el autor se permite, abrumado por la solemnidad, o un recurso fácil y llamativo. Tampoco es, desde luego, una frivolidad, ni una válvula de escape. En Reunión tumultuosa, donde Tom Sharpe realiza un cuadro brutal y satírico del régimen del apartheid en Sudáfrica, se describe cómo un policía del régimen prueba la nueva adquisición del regimiento -unas pinzas eléctricas destinadas a la tortura- en los testículos de un lechero negro completamente inocente. Los puritanos del pensamiento podrían disgustarse: el autor ironiza sobre la tortura, la describe como algo hilarante, las carcajadas que la descripción nos arranca naturalizan una situación inhumana, etc. Sin embargo, la realidad es justamente la contraria: a través del relato hilarante, casi surrealista, el novelista inglés nos muestra la sinrazón del régimen sudafricano, su patetismo criminal. El humor- el mejor humor, de nuevo- no justifica ni blanquea el horror, ni siquiera lo desdramatiza: solamente lo presenta en toda su extensión (¿no es Django desencadenado, con su carácter satírico y excesivo, una excelente película sobre la esclavitud, mucho más plástica y duradera en su denuncia que la más sobria Doce años de esclavitud?).

Con la notabilísima excepción de La Biblia -aquellos incapacitados para la risa siempre están más predispuesto a las peores atrocidades- y muy especialmente a partir de El Quijote, literatura y humor son conceptos indisociables. Hay libros construidos desde una visión deliberadamente humorística –La conjura de los necios, Wilt, Pantaleón y las visitadoras, El lamento de Portnoy, el propio Quijote-, otras en las que el humor aparece como el relámpago que ilumina un cuadro solemne, a través de un personaje o fragmento – el patetismo de Polonio en Hamlet, el sarcasmo del anarquista escocés en La Guerra del Fin del Mundo, las bromas de los soldados que defienden heroicamente la casa 6/1 de Stalingrado en Vida y destino (permítanme añadir una referencia cinematográfica: el inmenso Sandoval de El secreto de sus ojos)- y, por último, aquellas obras graves en las que el humor surge de constatar la insignificancia del hombre, sus oscuridades y miserias -como la insignificancia de Napoleón y sus generales, que el príncipe Andréi de Guerra y Paz descubre en las nubes monstruosas, eternas, del cielo de Austerlitz, en la minuciosidad descabellada de las reflexiones de Roskólnikov (Crimen y castigo), o en la lucidez corrosiva de Nietzsche.

¿Y qué hay de la literatura infantil? Cuenta Kafka en sus diarios que uno de sus primeros recuerdos evocaba a su padre encerrándolo en el balcón por llorar. Puede que la atmósfera opresiva y el absurdo de sus obras naciera de una experiencia así, de esa temprana iniciación en la irracionalidad de la vida. Esta característica es la que los mejores libros infantiles subrayan con maestría: la estulticia de los adultos, la estupidez de sus normas y rigores, su crueldad… y también la diversión consustancial al aprendizaje, al descubrimiento de nuevos mundos (el humor del Sr. Tumnus, que tranquiliza a la pequeña Lucy, y la risa de esta ante la nieve de Narnia o la bondad solemne de Alsan) o la constatación primera del absurdo de la vida (Manolito Gafotas o Un rey de quién sabe dónde de Ariel Abadi).

El humor es un excelente antídoto frente al ruido y la furia