Todos somos piratas. Daniel Handler

˝Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos»

(Italo Calvino, Por qué leer los clásicos)

Por Ana López.

Llego al final de la serie Biblioteca de Clásicos preguntándome cómo decidimos cuáles son los clásicos que pretendemos leer en un futuro, y por qué pensamos que serán importantes para nosotros. Tengo que reconocer que no he conseguido una respuesta clara a esta pregunta…

Hay libros que nos vamos encontrando esporádicamente a lo largo de nuestra vida. Títulos que alguien nos recomienda, o sobre los que leemos aquí o allá en un recorte, en una reseña o en otro libro. Una referencia directa puede despertar nuestra curiosidad y hacer que busquemos el libro en cuestión, y no sería la primera vez en que nos diéramos cuenta de que justo ese libro que de pronto nos urge leer lleva bastante tiempo esperando paciente e inadvertido en nuestras estanterías.

Pero otras veces el camino no es tan sencillo. Podría ocurrir lo siguiente:

A una le fascinaban los piratas de pequeña, y todavía conserva el Madelman pirata con el loro y el barril. Los reyes nunca le trajeron el Monopoli; en su casa se jugaba a La Ruta del Tesoro. Las sobremesas de los sábados eran mucho más entretenidas si la película de la 1ª cadena era «de piratas» o, en su defecto, aparecía Burt Lancaster. Por no hablar de Sandokan, claro. Lamentablemente, ay, la lectura de El Corsario Negro le aburrió tremendamente, y eso quizá tenga que ver con su reacia actitud hacia ese otro volumen que le guiña un ojo cada vez que se pone de puntillas para buscar «un cuento más» para el hijo pequeño en la estantería del mayor. Volumen que, es totalmente consciente, es uno de esos clásicos juveniles que todo buen lector, y más aún si es aficionado a los piratas, debería haber leído. Entonces cae en sus manos Todos somos piratas de Daniel Handler. Una lo lee, curiosa primero, incrédula después, deprisa, cada vez más deprisa, porque es tan aterrador, tan crudo y tan frágil que no puede soportar leerlo de otra manera. Y en el momento en que lo acaba decide que quizá sí, después de esto, y tan solo «porque necesita entender», sea el momento de aceptar el ofrecimiento que día sí día también le hace La Isla del Tesoro.

Así es, a veces, como los libros que pretendemos leer (aún sin saberlo) encuentran su camino hacia nosotros y nos persuaden para que les hagamos un hueco en nuestra biblioteca. Y así, también, termino esta serie sobre mi Biblioteca de Clásicos. ¿Cuál es la vuestra?