Hans Christian Andersen nació pobre y murió rico. Soñó con honores y los tuvo. Deseó reconocimiento y recibió la admiración de su contemporáneos. Le gustó viajar y fue uno de los escritores más viajeros del siglo XIX. Y sin embargo, no fue un hombre feliz.  Hoy, dos de abril, cuando hubiera cumplido 213 años, celebramos en su recuerdo el Día Internacional del Libro Infantil.

Esa infelicidad que empezó en su niñez  allá en Odense, en la isla danesa de Fiona, la fue posando en muchos de los protagonistas de sus cuentos. ¿Quién no ha leído El Patito Feo, La pequeña cerillera o La Sirenita y no se ha sentido acongojado? Es una tristeza que moja a los personajes como la lluvia, pero que, como en la vida misma, no lo inunda todo. También hay días soleados en sus historias y de viento, de niebla  y de nieve.

Esa es la razón por la que sus protagonistas se nos antojan más complejos que los de otros cuentos, que las Caperucitas, Rapunzeles o Cenicientas, trazadas más con un solo rasgo. Y por eso mismo es tan descorazonador que muchos niñas y niños, hoy, no conozcan las historias que salieron de su imaginación más que a través de las versiones con final feliz de las películas tipo Disney.

Andersen escribió en total 164 cuentos para niños -dice Harold Bloom- de todas las edades, de 9 a 90 años. Durante muchos años mantuvo la costumbre de leer en público muchos de estas narraciones, que le volvieron tan famoso. El mejor homenaje que se le puede hacer hoy es volver a sus textos, volver a El traje nuevo del Emperador, El ruiseñor o La Sirenita, y compartirlos en voz alta. En ellos hay poesía y hay vida, una vida que  que no se ha quedado antigua y que sigue hablando a los nuevos lectores del siglo XXI.

(La foto ha sido realizada por Meraki Estudio Fotográfico).